Me gustaría estrechar a ese perro entre mis brazos, arrebatárselo a la muerte, leer en sus ojos un reconocimiento eterno. No tener más que una tarea para toda mi vida: ocuparme de él con toda la atención de la que soy capaz. Serle fiel cada día, mediante los actos de alimentarlo, pasearlo, acariciarlo, hablarle a media voz o llamarlo a gritos, exigirle obediencia, y todo ello hasta la muerte, hasta que las fuerzas abandonen de verdad a ese animal que, mucho tiempo atrás, en una autopista, tanto luchó para sobrevivir