El exceso de estimulación provoca ansiedad: un coche toca el claxon, giras involuntariamente los ojos y estás a punto de tropezar con un anciano que camina erráticamente delante de ti. Por un instante, tu atención se ve absorbida por un sin techo que mendiga acuclillado y que, al advertir que lo observas, intenta incorporarse. Te sientes abrumado por todas esas sensaciones, así que, para protegerte, les pones un freno a tus reacciones. «El habitante de la gran ciudad [...] crea para sí mismo un órgano de protección contra el desarraigo con que lo amenazan la fluidez y los contrastes del medio ambiente