Nos sentamos y hablamos de cosas intrascendentes. De manera vaga, podría decirse. Hablamos de todo menos de lo que había pasado. Traté de no llorar. Traté con todas mis fuerzas de no preguntarle a dónde había ido por la tarde. Me resistí enérgicamente a entrar en su despacho y volverlo todo patas arriba para buscar más pruebas, pero al fin decidí: ¡qué demonios!,