Y efectivamente, al cabo de unos veinte segundos, noté un tic involuntario exactamente donde había predicho Nick. Al principio, débil. Luego, más fuerte cada vez. Pronto, mi meñique derecho se movía por su cuenta. No es la sensación más agradable del mundo, estar atado a una silla con unas correas, en una habitación en penumbra, sabiendo que no tienes control sobre los actos que está realizando tu propio cuerpo… Da miedo. Te humilla, te desorienta… y te entra la depre al considerar todo el asunto del libre albedrío. Mi única esperanza era que a Nick no le apeteciera hacerme putadas. Con el equipo que tenía, podía obligarme a dar volteretas por todo el laboratorio, si quería.